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A esta nariz, sí me gusta estar pegado

rinoplastia

Érase un hombre a una nariz pegado,

Érase una nariz superlativa,

Érase una alquitara medio viva,

Érase un peje espada mal barbado.

 Don Francisco de Quevedo y Villegas no fue nada generoso con ese “hombre de gran nariz” al que dedicó su soneto. Pero es que las narices de tamaño superior a lo normal han sido siempre motivo de atención, cuando no (en casos, es verdad, muy excepcionales) de burla.

Tiene lógica, aunque sea una lógica cruel, porque el apéndice nasal compone, junto con los ojos, esa zona a la que se dirige la mirada cuando dos personas hablan. Es inocultable. Es parte de la personalidad de cada uno.

Y siendo todo eso, y seguramente otras cosas que ahora no vienen al caso, su forma y tamaño generan con gran frecuencia problemas de autoestima y seguridad. Incluso cuando no llega ni de lejos a la condición de reloj de sol mal encarado, elefante boca arriba, ni de nariz sayón y escriba, ni te convierte en Ovidio Nasón mal narigado.

Afortunadamente, la cirugía estética puede solucionar en buena parte el problema que causa una alteración estética evidente de la nariz. La operación diseñada para tal fin es la rinoplastia, uno de los procedimientos quirúrgicos más habituales en la práctica de cualquier cirujano estético.

La rinoplastia es la intervención quirúrgica que se realiza para corregir el tamaño, la forma o ambas cosas de la nariz, con el objetivo de lograr armonía facial. Sus resultados suelen ser excelentes, las complicaciones derivadas de ella son muy infrecuentes. Importante: salvo excepciones (un traumatismo, o una alteración funcional severa), no se debe operar a pacientes muy jóvenes, niños y adolescentes, conviene esperar a que haya completado su desarrollo, es decir, haya terminado su crecimiento óseo (y su nariz haya adquirido su forma definitiva) y haya alcanzado la madurez psíquica.

Todo esto es así, al punto de que uno se pregunta qué habría sido de Cyrano de Bergerac, el hombre cuya nariz (¿De qué os sirve ese accesorio? ¿De alacena, de caja o de escritorio?) le precedía quince minutos, de haber nacido en estos tiempos. Él lo anheló, o así queda reflejado en el texto de Rostand: “Si en mi cara tuviese tal nariz, me la amputara”. Pero era sólo eso, un deseo…

Pensándolo bien: al menos en su caso, mejor que no hubiera posibilidad médica de corregírsela porque nos habría privado de algunos de los momentos más sublimes de la historia de la literatura.

 

Si deseas más información, contacta con nuestro equipo de Clínicas Fernández Blanco, llama al 915 54 09 24 (Madrid) o al 952 850 468 (Marbella, Málaga).

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